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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

Piratas



Cuando llegaron los piratas no pudo reprimir un grito de terror. El mar estaba picado y el cielo amenazaba desde hacía horas una tormenta que no acababa de romper. Todo fue muy rápido, un vendaval arremetió contra la torre y le obligó a cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo se encontró con la cuchilla clavada en la calavera de la bandera de Rob del Pez Tuerto. Su grito fue acallado por el primer trueno de aquella noche infinita.


Sabía lo que debía hacer, se lo habían explicado esa misma mañana, cuando se había convertido en vigía. Subir a lo más alto de la torre, tocar la campana, encender el fuego, esperar a que la siguiente torre hiciese lo propio y huir con toda la fuerza de sus piernas. Decían que hacía décadas que no venían piratas, que aquél era un puesto tranquilo. Nadie había pensado que pudiesen llegar en plena galerna.


Lo intentó por todos los medios, vaya si lo hizo. Fue imposible encender el fuego, la campana no sonaba, gritar era una soberana estupidez... Decidió correr hasta la siguiente torre para dar la voz de alarma, era lo único que podía hacer. Estaba tan nervioso... Llovía torrencialmente cuando corría torre abajo. Resbaló y cayó al vacío. Nadie pudo avisar de la llegada de los piratas.

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