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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

Hechizo



A los primeros acordes les siguió un ligero temblor, nada demasiado notable. Solo alguno de los espectadores se percató del hecho. Ninguno le dio importancia, salvo el pequeño Roy, que había acompañado a sus padres a ese concierto en la iglesia sin demasiadas ganas y estaba más atento a cualquier cosa que no fuese la música o la artista que la interpretaba.


La canción empezó a subir de tono y de velocidad. Era un sonido extraño de percusiones y flautas, parecía una llamada, un mantra inexcrutable. Al niño le parecía repetitiva y salvaje, bastante estridente. Todo el mundo atendía con una absoluta devoción, como si estuviesen hechizados. ¿Brillaba la flauta de la artista? ¿Relucían sus ojos? El suelo retumbó cuando todo el público empezó a patear al ritmo de la melodía. Estuvo cerca de taparse los oídos de puro dolor. ¿Estarían todos hechizados?


Y entonces algo se quebró en el interior de la iglesia. Desde el suelo brotó una grieta que creció hasta la bóveda, ensanchando a medida que ascendía. Un rugido ensordecedor paralizó la música y su sortilegio. Todo el mundo gritó y corrió para salvar la vida. Únicamente la cantante y el muchacho se quedaron para disfrutar del mortal espectáculo. Se miraron entre el polvo y los cascotes y ambos supieron que el otro lo había descubierto. Desde las entrañas flamígeras de la tierra brotó la garra primero y la cabeza después de un enorme dragón. El sortilegio había funcionado.

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