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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

El puente colgante



Atravesar aquel puente era toda una apuesta. Parecía endeble y peligroso. Miró hacia abajo, haciendo caso omiso de lo que dicta toda prudencia y lo que vio le provocó un escalofrío. Muchos metros abajo, tan lejos que apenas se veía, rompía la corriente del Dhor, que desembocaba varios kilómetros hacia el oeste. El rumor sordo de su eco llegaba hasta allí arriba.


Dio un primer paso tembloroso, a su espalda resonaban susurros y gemidos siniestros. Ya estaban allí. Sin pensárselo más se agarró con fuerza al áspero cordaje y se tambaleó hacia delante. Tenía que cruzar el río, era su única esperanza. Un fuerte siseo le hizo girar el cuello. Estaban allí, al otro lado del puente. Sus ojos brillaban con un amarillo intenso. Se resbaló y estuvo a punto de precipitarse al vacío.


Se rehízo como pudo y continuó adelante, él no lo supo, pero gritó durante todo el tramo que le quedaba por atravesar. Las bestias lo siguieron, a una velocidad pavorosa. Quiso derribar el puente, si lo conseguía, toda aquella aventura habría quedado en un buen susto y en una anécdota para contar a sus amigos en la taberna. No debía haber entrado en aquel templo en una noche de luna llena. No había creído en las advertencias de los ancianos y ahora. Cortó una de las sogas y el puente se descolgó ligeramente, pero aquellos monstruos seguían aferrados a él con sus garras. Intentó cortar la otra, lo hizo con todas sus fuerzas y esperanzas… pero las criaturas fueron más rápidas. Agonizó sabiendo que él había desencadenado el fin del mundo.

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