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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

Ira


Sangre, fuego, cenizas... Parecía que no había en el mundo lugar para nada más salvo para las lágrimas que no paraban de correr por sus mejillas y rebotaban en el suelo con un estruendo pesado e inaudito, doloroso. El calor en la cara, las manos heridas, el miedo... Luchaban por hacerse un hueco en sus sollozos.

Todo estaba muerto, todo perdido. A su alrededor se escuchaban los tétricos cantos de los brujos, la guadaña de la Muerte, los trasgos recorriendo las granjas en su prisa insana e inmunda por desvalijar a los muertos de sus últimas posesiones, por sus ansias de degollar a los que aún quedasen con vida. Lagam había jurado abandonar la lucha, vivir en paz... Pero la guerra la había perseguido hasta el otro rincón del mundo y ahora, de rodillas ante el desastre, lloraba por no haber continuado combatiendo al horror, por haber mirado hacia otro lado.

La vida no se detiene porque uno no la atienda. Se arrastró hacia el viejo roble, cavó con las manos desnudas hasta encontrar su espada enterrada, la extrajo del suelo con un potente rugido de rabia y se levantó decidido. Escupió un insulto a los dioses y se encaminó hacia el fuego. La guerra había vuelto y él estaba allí, esta vez sin duda alguna, para resolverla de una vez por todas.

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