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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

GPS



Todo empezó con una pequeña noticia en una columna oculta en mitad de un periódico, pasó inadvertida, nadie protestó. La noticia siguiente fue un poco más amplia y en páginas menos escondidas. Y, finalmente, llegó a todas partes cuando ya era tarde para pararla.


El dispositivo era muy pequeño pero muy visible y se ajustaba a la muñeca izquierda. Tenía un color verde llamativo y luminoso. No podía ocultarse debajo de la ropa y era imposible de quitar. Algunos decían que les quemaba la piel, aunque nadie pudo asegurarlo con pruebas. Lo que era evidente era que señalaba, que le decía a todo el mundo algo sobre la persona que lo llevaba, que gritaba sin emitir un solo sonido un odio apenas disimulado.


En apenas un par de meses todos los inmigrantes ilegales lo llevaban puesto. Fue una revolución. La fórmula perfecta para controlar y organizar la inmigración ilegal. Información y control a un solo cliqueo. Pronto hubo un nuevo dispositivo para los inmigrantes legales, otro para los que en alguna ocasión había tenido algún altercado con la policía y, al final, hubo dispositivos incluso para aquellos que discrepaban políticamente. Apenas un año después, todo el mundo tenía su propio dispositivo electrónico. Y un día apareció en una columna oculta en mitad de un periódico una pequeña noticia que pasó inadvertida: el primer ministro del país disponía de un botón para electrocutar a cualquiera que llevara un dispositivo.

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