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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

Legado


Foto de veeterzy

El viejo caminaba despacio. Recorría el pueblo de punta a punta. De tanto en tanto se paraba en alguna puerta, ante algún lugar concreto, levantaba la mirada y la bajaba tras suspirar y negar tristemente con la cabeza. Realizaba el mismo recorrido a diario desde hacía ya tres años, desde que se había quedado solo en aquel rincón apartado del mundo.


Esperaba al atardecer, ese momento mágico del día en el que los colores más extraños revoloteaban en el cielo. Llegaba a la colina y allí plantaba un pequeño árbol de los que sembraba y cuidaba en su propio jardín. Aquella colina, que siempre había estado desnuda, se había cubierto poco a poco de un frondoso pelaje.


Aquel día el paseo se le hizo más fatigoso que nunca. Llevaba entre las manos un pequeño enebro que había germinado pocos meses atrás. No tenía más que dos palmos de altura. Llegó arriba casi al anochecer, sudaba y jadeaba. Escarbó tranquilo con las manos desnudas, depositó el árbol en la tierra y se sentó a descansar un poco. Sonreía satisfecho, feliz. Nunca más se levantó. No fue hasta mucho tiempo después que alguien encontró el bosque de aquella colina, ascendió hasta apoyar la espalda en el grueso tronco del enebro, ya centenario, y se maravilló de la magia multicolor que coronaba aquel lugar perdido junto a un pueblo abandonado.

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