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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

La ramita de tomillo


Apretó la ramita con fuerza, tanta que se clavó una protuberancia en la palma. La sangre empezó a correr, aunque ni siquiera se dio cuenta de ello. Sí percibió una mano en el hombro, tranquilizadora y apremiante al mismo tiempo, y supo que había llegado la hora, tenían que marcharse. Cerró los ojos, tragándose las lágrimas agolpadas en la garganta y en el pecho. Antes de dejarse conducir lanzó la rama en silencio. Estaba furioso.


Atravesaba el puente de piedra cuando alguien dio la orden, José, aunque aún era muy pequeño, supuso que fue la voz del alcalde la que resonó en la noche, aunque jamás llegó a saberlo con certeza. Varias antorchas rompieron la oscuridad e iniciaron el incendio. Las llamas devoraron el pueblo, tardaron en consumirlo menos de lo que nadie habría imaginado. El olor a tomillo se extendió por el lugar, ocultando el nauseabundo aroma de la muerte.


José fue el primero en regresar al lugar muchos años después. Había sido el único superviviente de una de las familias masacradas por la peste. Un niño de apenas cinco veranos años entonces, un adulto en aquel instante. Se agachó y tomó una ramita del suelo, la apretó con fuerza y se clavó una protuberancia en la mano. Dolió. De aquella rama emanó un olor dulzón, agradable, profundo… y regresó el recuerdo de aquella noche regada con fuego y cenizas. En esta ocasión se permitió por fin llorar.

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