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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

La Plaza



La Plaza es el corazón del pueblo, siempre lo ha sido.


Aún no sé por qué he vuelto, hacía casi veinte años que no lo hacía. Nadie había abierto la casa de mis padres desde que ellos tuvieron que abandonarla para residir en esa otra morada de piedra en la que descansarán para siempre. No quise volver entonces y después el tiempo pasó poco a poco.


Ha sido un impulso raro, una sensación, un grito sordo en mi cerebro que me ha empujado a volver, sabiendo que nada sería como entonces, aunque todo siguiera igual.


Estoy molido. La casa estaba hecha una pena. Hace ya un par de años que dejé de pagar a la señora que venía a limpiarla. Total, nunca la pisaba y nadie hacía uso de ella, ¿para qué mantenerla limpia y cuidada? Mientras limpiaba me he arrepentido de no seguir pagando los pocos euros que gastaba a la semana. También de no haber vuelto en tanto tiempo. Aquí fui muy feliz. Mucho.


Pero me marché a la ciudad, a buscar algo que nunca llegué a encontrar y que probablemente siga aún buscando, aunque no sepa qué es ni por qué lo busco. Volver aquí era echar una mirada a las raíces, a ese otro que fui, a los sueños que nunca he cumplido, a mi dejadez por un rincón que me lo dio todo sin esperar nada a cambio. A lo que siempre pensé que fue una especie de traición, marcharme.


Volver ha sido difícil.


Pero aquí estoy, en la Plaza. Y hoy hay cine de verano.


Me he enterado casi por casualidad, por la conversación de alguien que pasaba por la calle mientras yo tiraba la décima bolsa gigante de basura. Cine de verano… puede que no haya nada que sepa más a pueblo.


Y ahora, al pie de las escaleras que dan a la Plaza, siento cuánto necesitaba volver. He echado de menos este lugar demasiado tiempo. Y no hay nada que me recuerde más a lo que fue mi vida de entonces que una velada de cine de verano.


A un lado están las señoras con sus abanicos, con sus tumbonas y sillas de playa, seguramente estén más interesadas en lo que hacen las parejas de jóvenes o los niños de este o de aquel que en la película, pero son parte del paisaje, son imprescindibles, sin ellas no estaría en el pueblo. Me pregunto si mi madre bajaría en sus últimos años, con lo que le gustaba bajar conmigo a la fresca cada vez que había oportunidad.


A mi alrededor corretean niños y niñas de todas las edades, algunos demasiado mayores ya para seguir haciéndolo, pero da igual, lo harán y seguirán haciéndolo hasta que crean que no tienen edad para disfrutar de esos juegos, hasta que formen parte de las pandillas de chicos y chicas que comen pipas y hablan demasiado alto para estar en una sesión de cine.


No falta de nada: las sillas de plástico, las familias sentadas las unas junto a las otras en cualquier parte de la plaza, los bancos repletos, la película intentando llamar la atención de la gente, el pésimo sonido que rebota y hace ecos en las paredes… no es el mejor sitio para disfrutar de una película y sin embargo, es el mejor rincón del mundo para hacerlo. Unos al lado de los otros, en compañía, bajo el lejano brillo de las estrellas y de las farolas.


Me recuerdo en el centro de la Plaza, con Lucía y los demás, ¿qué sería de ellos? Fui un poco idiota al marcharme, no por hacerlo, todos tuvimos que buscar nuestro propio camino, pero sí por no haber intentado mantener el contacto, llamar de tanto en tanto, quedar, aunque fuese una vez al año para vernos. Se lo merecían todos ellos, especialmente Lucía, ella se lo merecía todo. Nunca la he olvidado y sé que tenía que haberla llamado en alguna ocasión. No pude hacerlo, me marché con todas las consecuencias. Y me perdí.


Llevo años sin saber quién soy ni hacia dónde voy. He vivido toda una vida fuera de aquí. Una carrera, un trabajo, una familia… me fui buscando todo lo que me habían vendido que debía tener, todo lo que creí que merecía, que necesitaba. Y ahora me doy cuenta de que solo era necesaria una noche de cine para tener todo a mi alcance.


El pueblo, la familia, los amigos… todo estaba aquí, a simple vista, tan fácil de ver que me costó demasiado hacerlo.


Descubro la bolsa de pipas en la mano. Las he comprado en el chino que antes fue botica y antes de eso ultramarinos, muy cerca del edificio del ayuntamiento. El progreso avanza y llega a todas partes, si no, ¿cómo iba mi pueblo a tener tres chinos en los que comprar de todo? Tendré que reubicarme, rehacerme a este sitio. Sé que nada será ya como lo era entonces, que todo habrá cambiado, que ni siquiera el mismo pueblo es como fue. El mundo era mucho más inocente cuando me sentaba con mis amigos en el centro de la Plaza para disfrutar de una película. Yo lo era.


Pero aquí estoy. En la Plaza, y con una bolsa de pipas saladas en la mano. Quizás eche en falta dentro de un rato una cerveza… pero sé que eso no será un problema, en mi pueblo no, por mucho que haya cambiado, siempre habrá un bar abierto para tomarse una buena cerveza, eso es seguro.


De pronto tengo mucha sed pero me obligo a atravesar las filas de familias, vecinos y curiosos. Algunos, sobre todo las señoras de mi izquierda, me miran de arriba a abajo. Un forastero siempre es motivo de conversación y de curiosidad. He vuelto esta mañana, no es de extrañar que no me reconozcan, aunque veo que una de las señoras me mira fijamente. No sería de aquí si no supiese que me reconocerá antes de que acabe la película y que tendré que dar muchas explicaciones en los próximos días. Tendré que cuadrar toda la historia, permitir que el relato del pueblo no contenga vacíos, formar parte de las páginas del libro que se cuenta de padres a hijos y hace de este lugar lo que es.


Descubro con sorpresa y alegría que mi sitio habitual, ese que siempre ocupé desde pequeño, está libre. Será agradable ver esta película pasada de moda en ese rincón especial.


Por un momento veo a mi madre echándome la última mirada antes de que las luces se apaguen y empiece la película, levantará la mano y me sonreirá. Mi padre vendrá a buscarnos después, cuando acabe la cinta, aunque descubrí con el tiempo que siempre estaba ahí, en una esquina, viendo todo lo que pasaba, disfrutando de la magia del cine y del espectáculo que ofrecía una plaza repleta y hermanada.


La nostalgia llega de pronto, sin avisar y muerdo una pipa para no dejarme llevar por los recuerdos. Cuando apagan las luces siento que alguien se acerca por la derecha, es una mujer, tropieza conmigo y me mira desde las sombras.


—Perdona —murmura sorprendida—, no pensé que hubiese alguien aquí, nunca lo hay.


Y entonces descubro que es Lucía, que está aquí tantos años después. Me echo hacia un lado y la invito a tomar asiento. Ella duda un instante, pero sonríe y se sienta, procurando no rozarse conmigo. No me ha reconocido. Le ofrezco unas pipas y ella ahoga un grito, me mira sin moverse, con la boca abierta y la mano estirada para recoger lo que cae de mi bolsa. Y cuando empieza la película soy yo el que sonrío, porque sé que estoy por fin en casa.


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