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  • Foto del escritorJavier Fernández Jiménez

El Arte consiste (a veces) en transgredir


Tenemos que cuidarnos de aquellos que nos quieren imponer pensamientos, ideas, juicios y, sobre todo, maneras de mirar el mundo.



Probablemente la transgresión sea una de las palabras que más haya que usar a la hora de hacer Cultura. Sí, es cierto, a nadie le gusta molestar porque sí, ni ir más allá de la raya a la hora de crear por apetencias extrañas; pero romper fronteras, cambiar la perspectiva, mirar hacia ese lado al que otros nunca miran y gritar lo que nadie ha gritado nunca es lo que define, en buena parte, la Cultura y el Arte, así, con mayúsculas. Por eso es tan doloroso y tan extravagante que haya quien se crea con la potestad de apaciguar esa transgresión, de limitar ese deambular fronterizo, de mirar un poco más allá. Y en nuestro país, desgraciadamente, lo estamos viendo en ejemplos cada día más alarmantes. Hay un intento de limitar la Cultura y la libertad de expresión demasiado evidente.


Además, algo que me llama muchísimo la atención, es que esos golpes de autoridad, o de dignidad mal entendida, lleguen desde aquellos que llevan años proclamando que hay poderes que nos quieren adoctrinar o que hay quien quiere decirnos cómo tenemos que vivir, quien nos advierte frente a esos intentos flagrantes de dirigirnos hacia una misma meta que, afirman, nos alienará y convertirá en una masa obediente y sumisa. Esto podría ser gracioso de no ser tan irritante. Los mismos que nos dicen a todos cómo tienen que ser las familias, cómo nos tenemos que comportar, cómo tenemos que ver el mundo, cómo tenemos que actuar en según qué situaciones, cómo y a quiénes tenemos que amar y cómo tenemos que seguir las doctrinas de esas instituciones y personas que sí les parecen aceptables, esos mismos, son los que nos dicen que otros nos están adoctrinando.


Y lo hacen suspendiendo eventos, intentando vetar la libertad educativa, procurando censurar el pensamiento divergente y tomando el control de aquellos rincones en los que es más sencillo el controlar qué vemos, qué disfrutamos y qué vivimos en nuestro mundo cultural y social. Lo hacen sin ningún tipo de control ni, por lo menos a mi manera de entender, inteligencia, como elefantes torpes en una tienda de porcelanas.


Esta misma mañana debatía con un amigo sobre la palabra censura, qué es y qué no es censura. No es sencillo afirmarlo con claridad, pero sí que me parece sencillo el pensar que todo elemento cultural que discurra por todos los cauces legales, constitucionales y democráticos que alguien decida no programar o que no nos deje disfrutar por creer que es contrario a sus propias ideas, simplemente por eso, para mí es Censura. Y sí, también en mayúsculas.


Y además de Censura es un insulto a nuestra inteligencia como espectadores. Creo que la mayoría nos damos cuenta de cuando alguien está elaborando un mensaje para convencernos de algo, somos todos mayorcitos y no necesitamos de personas que nos adviertan de según qué cosas. Hay asuntos que se ven sin ningún tipo de problema, de verdad.


Una obra de teatro puede ser subversiva, dolorosa, hiriente incluso, pero si en su realización no se incumple ninguna ley ¿qué puede provocar? ¿Pensaremos? ¿Saldrán aquellos que la lean, cual seguidores de deportes masivos, a la calle para gritar, cantar, romper mobiliario urbano o pegarse con las autoridades pertinentes? De una función teatral, habitualmente, no se sale gritando ni con ansias de escalar semáforos o farolas. Habitualmente no es así. De una función teatral se sale hablando. A veces en silencio, otras contento, en ocasiones triste, puede que emocionado, en el peor de los casos indiferente y, con suerte, de una función teatral se sale pensando.


Quizá ahí radique el problema, en este último verbo.


Puede que exista quien crea que eso de pensar algo que yo no pienso es peligroso e insano. Sí, los intolerantes suelen pensar así casi siempre. Un pensamiento de personas cobardes o inseguras. También de aquellos que saben que no tienen razón, que para tenerla o aferrarla, necesitan acallar las voces de los demás. Quizá estemos en un país de cobardes e inseguros, de personas que piensan que opinar de manera diferente es peligroso, insano y censurable.


Creo estar seguro de que no es así, los españoles no hemos demostrado nunca ser cobardes como pueblo ni como nación. Tampoco de dejarnos convencer fácilmente y con maneras burdas, por eso me extraña que se censuren libertades, expresiones, ideas y funciones teatrales.


Y, ¿sabéis qué? Personalmente creo que hay pensamientos, ideas y opiniones que no merecen ni escucharse y mucho menos propagarse en voz alta, pero incluso así, incluso pensando que hay ideas que no merecen existir, soy capaz de escucharlas y, con un gran esfuerzo, respetar a las personas que las esgrimen.


Estoy convencido de que habrá quien piense que todo esto que digo tendría que prohibirse, tacharse, censurarse y tirarse a la basura. Espero que, aun pensando eso, todas esas personas que lo crean sean capaces de aceptar estas palabras como acepto yo tantas y tantas palabras e ideas que me parecen trasnochadas, antiguas y fuera de tiempo y de lugar.



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